Otra oportunidad.

La mañana del lunes 13 de marzo de 2017 amanece gris y lluviosa, no dan ganas de salir de la tienda de campaña, pero el hambre nos saca: cafecito y las galletas de avena y plátano que hizo Pamela. Los minutos transcurren muy lentamente, al parecer el clima se mantendrá así.
Después de ese doble café y una larga plática decidimos prepararnos para entrar al mar.
Pasan los minutos y parece que el clima se va componiendo, allá a lo lejos se ven porciones de cielo celeste, las nubes se empiezan a tornar blancas y el sol tonifica las nubes grises de color amarillo, mientras nosotros jugamos con las olas y la pasamos bien.

En mi primera exploración me doy cuenta por dónde está jalando la corriente, así que le digo a Pamela que vayamos más hacia el otro lado, pero no pasa mucho tiempo en darme cuenta que de ese lado también está jalando fuerte; decido salir del oleaje y busco a Pamela para avisarle, pero cuando me doy cuenta, ella ya está en ese lado. Con tono tranquilo la llamo para decirle que regrese un poco, pero no me oye, no sé si es por el ruido de las olas o estamos muy lejos, le grito más fuerte y con cierto tono. Después de un par de veces de gritar, finalmente responde.

– No puedo, vení a ayudarme!

Se encienden mis alarmas, me preocupo. Veo a mi alrededor y veo que somos los únicos en la playa, estamos completamente solos; sin pensarlo me lanzo a buscarla, no me toma más que unos segundos llagar allí, la tomo de la mano y le pido que se se tranquilice; en su cara puedo ver el miedo y el cansancio. Hay que ir hacía la orilla!  Le señalo la pared verde del hostal que empieza a verse lejos. Estábamos justo en ‘el tumbo’ donde las olas grandes se forman y golpean fuerte, la intensa actividad nos zambulla, nos golpea, nos empuja y vuelve a jalar una y otra vez hasta que empezamos a sentirnos cansados. Lejos de avanzar hacia la orilla siento que nos alejamos; empiezo a desesperarme y a Pamela la noto cansada, pálida y sus labios se ponen morados, seguramente yo estaba igual, aún así le ruego que siga nadando y que se impulse de las olas.

– Nadá, nadá! Usá las olas! Repito una y otra vez.

Pero las olas no dejan de golpearnos, es cuando ella se me cuelga del cuello y ya no puedo sostenerme, siento ahogarme, empiezo a tragar agua y a sentir angustia. Por un instante siento que ya no puedo más, el cansancio empieza a ganarme y como puedo me zafo y la tomo de la mano, para entonces ya siento impotencia. Pasa una película por mi cabeza y empiezo a sentir que es lo último.
La tomo de la mano, le busco la mirada y la veo aterrada, en sus ojos veo miedo y cansancio, yo no puedo evitar sentirme igual, el pánico empieza a ganarme, pero intento fingir, sé que uno de los dos debe permanecer.
Nos quedamos viendo a los ojos y solo intentamos mantenernos a flote.

– Gritamos?
Me responde con un movimiento de la cabeza.

– Ayuda!
– Ayuda!
– Ayuda!

Pasan los minutos y nada. Sabemos que nadie nos escuchará, estamos solos y la gente del hostal está muy lejos, además la marea está muy fuerte y el sonido es ensordecedor. Eramos nosotros y el mar, nada más.
El cansancio empieza a hacerse más y el sentimiento de soledad se agudiza.
Para entonces ya estamos del otro lado del ‘tumbo’ donde casi no hay oleaje y se experimenta la calma, eso nos da un respiro y nos da tiempo de componernos. Noto una luz en ella, señales de fuerza y nuevas energías, la veo lúcida.
Pero seguíamos estancados, ya no veo la orilla, es cuando pienso que deberíamos intentar algo diferente; aunque sonara ilógico le propongo que nademos hacia el centro y no hacía la orilla. Así lo hacemos y entramos al oleaje nuevamente:

– Saltá! Le decía yo sin saber si me entendía. Saltá! Saltá las olas!

Después de varias olas veo hacia la orilla y noto que nos acercamos, entonces intento tocar fondo pero nada. Sin soltarnos de la mano hacemos varios intentos más y en efecto, estamos más cerca, eso me anima, me da esperanza, continúo: Saltá, saltá! Nos estamos acercando!

Era vital permanecer juntos, nos dábamos fuerza uno al otro, nadábamos con un brazo aunque costara un poco más.
Unos segundos después hago un segundo intento por tocar el fondo, esta vez logro aruñar el suelo. Siento esperanza y ganas de seguir, así que solo sigo nadando y dejándome llevar por las olas. Al rato le digo: Toca el suelo! Lo hace y me mira con unos grandes ojos! Le pido que sigamos nadando, así lo hacemos.
Nadamos sin parar un rato más hasta que finalmente podemos tocar el fondo y pararnos con los dos piés; nadamos un poco más hasta que podemos empezar a caminar aún luchando un poco con las olas. Sentimos un gran alivio y con prisa buscamos la orilla donde nos quedamos casi desmayados.La veo a la cara y me siento incrédulo, ella me ve de igual forma, estamos en un estado de shock como para hablar.

Quién sabe cuánto tiempo pasó, pero yo estaba a punto de caer dormido cuando una ola nos moja nuevamente. La marea había subido, nos alcanza. Era momento de caminar hacia nuestra pequeña carpa.

Por un instante creí que sería el fin, me dio una tristeza profunda verla, pensar en sus papás y en sus proyectos, sentía que no era justo, que no era el momento.
Por mi parte y por alguna razón solo pensé en mis compañeros del teatro, me dije “ya se jodió todo”, lo lamenté, sentí culpa. Mi voz interna me repetía “aquí se terminó todo, hasta aquí llegué”.
Lo que me hizo retomar energías y no dejarme caer fue que Pamela permaneció luchando todo el tiempo aunque en algún momento dijo estar cansada y ya no poder más; yo sabía que si ella se rendía me rendía yo también.

Me pregunto como pasó todo, qué nos quiso enseñar, cuál era la lección, qué debíamos aprender… Tenía tanto en la cabeza y nada claro al mismo tiempo. Seguramente hay mucho que se puede destacar, pero lo único que sé con toda seguridad en este momento es que tenemos otra oportunidad.

Playa de Tulate
El nuevo atardecer.
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